Tamara: Soy enemiga de mí y soy amiga de lo que he soñado que soy




Tamara Núñez Del Prado

Política y activista boliviana
para @CorreodelAlba


Artículo publicado en la edición impresa de La Correo N° 72.

Me presento desde mis locuras, deseos y amores: soy Tamara Antonieta, una mujer transexual, una mujer lesbiana, algo loca por la vida, que siempre está buscando al “hombre nuevo”, ese del Che Guevara. En estas líneas les muestro mis raíces.

Mi vida es un acto político, nací en la clandestinidad –cerca de Oruro–,  mirando el Illimani en medio de una dictadura. De padres guerrilleros, mi viejo médico de familia paceña y mi madre una campesina chilena de Quilpué.  Tengo sangre proletaria y luchadora, también  burguesa pues los Núñez del Prado hasta librito de estirpe y tradición tienen; aunque mi padre –gracias a Dios–  fue criado por Antonio Peredo, quien junto a Inti y Coco le enseñó el camino del bien, pudiéndose desclasar de esa oligarquía explotadora.

En mi casa jamás hubo un crucifijo, un santo o una Virgen, en su lugar estaban los retratos de Allende, del Che y Marx; mi familia era atea y, no obstante, les salí católica, lesbiana y trans.

A la edad de  tres años  tuvimos que exiliarnos en el Perú, destierro del que guardo bellos y tristes recuerdos que dejaron cicatrices en mi corazón. En dos casas, cedidas por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiado (ACNUR),  vivíamos  los exiliados, mi padre trabajaba como taxista y mi madre era enfermera.  Muchas veces me quedé al cuidado de los compañeros, en brazos del cura Pérez Iribarne o de Marco Farfán (exviceministro del Interior de Evo), me acuerdo también del Mallku, digno representante de Achacachi; con ellos compartimos hogar en tiempos de exilio. Creo que hoy sería difícil reunirlos  a todos.

“Fue fácil ocultar mi transexualidad porque siempre me gustaron las chicas, era sencillo mantener el disfraz de hombre macho y mujeriego”.

Recuerdo, como si fuera ayer, que amaba mi muñeca rosada, lo que enojaba a mi papá, y que  pedía a mi mamá vestirme de niña. Un día, molesta,  me bajó los pantalones y, mientras me mostraba mi cuerpo,  me dijo que no podía ponerme esa ropa porque tenía pene, como si yo entendiera la diferencia. Sólo tenía tres años y no sabía explicar que me sentía niña.

En Perú mis padres se separaron, seguro que responsabilidad  los dos tuvieron; mi padre terminó con una perricholi y yo regrese a Bolivia junto a mi madre.

Fui scout del Colegio La Salle y terminé el bachillerato en el Colegio San Andrés, en  tiempos donde la UMSA aún era contestataria y mi colegio difundía conceptos marxistas; Pablo Ramos era el rector y  la presidenta de la junta escolar era la directora Ruth Sánchez,  mirista de la vieja guardia que militó en clandestinidad. Nuestra asesora de promoción era Beatriz Rocabado, luchadora ejemplar, miembro de ASOFAMD, hija de un detenido desaparecido por la dictadura de  Banzer. Ese colegio le pertenecía a la universidad y mi promoción (1996) se llamó  “Fidel Castro”. ¡Qué bella educación y adolescencia tuve!

Durante toda su vida mi padre me “entrenó”, contándome  sus anécdotas y experiencias de las guerrillas. Me enseñó artes marciales, a manejar armas, tácticas y estrategias de guerra, su enseñanza consistía en la praxis, es decir,  teoría y  práctica –en la lectura que mil veces me negué–, hasta el manejo a la ofensiva de un vehículo. Sin embargo, nunca imaginó que tenía un hijo que era una mujer transexual.

 “Salí del closet a los 34, les aseguro que no es fácil perder todo lo que una ama para poder amarse a sí misma y construirse como una se imagina".

Fue fácil ocultar mi transexualidad porque siempre me gustaron las chicas, era sencillo mantener el disfraz de hombre macho y mujeriego, claro, ni siquiera yo podía comprender que pasaba por mi cabeza y a los 14 años me traté de convencer que si me gustaban las mujeres era porque debía ser hombre, pero cuando trataba de ser sincera conmigo y me asumía como la mujer que sentía ser miraba a mis compañeros del colegio y no me gustaban. Con esta contradicción, incomprensible en ese momento, tomé la decisión más práctica: seguir disimulando  una hombría mientras amaba a las mujeres.

En los 80’ y 90’ era imposible acceder a la información  que establece la diferencia entre orientación sexual e identidad de género. Enterarse que podía identificarme como mujer y amar a las mujeres, cuestión que me llevó 32 años de mi vida, dos matrimonios y tres bellos hijos.

 “Salí del closet” a los 34, les aseguro que no es fácil perder todo lo que una ama para poder amarse a sí misma y construirse como una se imagina, el costo es muy, muy alto, hay una frase de Silvio Rodríguez que me hermana: “Soy enemigo de mí y soy amigo de lo que he soñado que soy”.

Hoy soy Tamara, la “mujer nueva” de la que hablaba el Che Guevara, soy Antonieta,  por Antonio Peredo –que caminó con su enseñar abriendo caminos y mentes–, soy Núñez del Prado, mi padre hecho en sus sueños y deseos, soy Aguilera, hija de una mujer digna. Hoy soy una mujer transexual que, desde las páginas de La Correo, les escribiré desde mi experiencia, mis locuras, entre la política, el sexo y la filosofía. Espero contar con su lectura y comentarios en las redes sociales.

Lunes 12 de Marzo de 2018