Ayacucho: fin y principio de otras guerras invisibles




Alejo A. Brignole

Periodista y escritor argentino
para @CorreodelAlba


Como suele ocurrir a menudo en la relación histórica, la historiografía oficial guarda distancias considerables con los hechos. Existe casi siempre una brecha natural e insalvable entre lo que narran los autores o los documentos, y los acontecimientos. Por lógica, esta grieta natural tiende a acentuarse proporcionalmente a la antigüedad de los eventos. 

La batalla de Ayacucho, celebrada el 9 de diciembre de 1824, no escapa a este problema de tipo filológico, que es también político. Sobre el encuentro de Ayacucho que dio por terminadas las llamadas Guerras de Independencia Americana, muchos factores que lo determinaron fueron silenciados –ya por ignorancia, ya por decisiones políticas– o bien tergiversados por autores o líneas interpretativas de la historia continental. Para una comprobación bastaría el simple ejercicio de comparar los libros de historia españoles y los latinoamericanos sobre los mismos episodios. A esta cuestión, que dificulta una adecuada exégesis historiográfica, en el caso de la batalla de Ayacucho habría que añadirle otros elementos para comprender su desarrollo y su final. 

En primer lugar, debemos señalar que la última batalla por la emancipación americana estuvo influida por ciertas características endógenas de cada bando en conflicto. En el caso de España, fueron sus divisiones internas, sus luchas intestinas, las determinantes para su derrota. España no solo era un imperio en descomposición, sino que su propia sociedad peninsular transitaba una decadencia generalizada marcada por hondos conflictos sociales y políticos.

Ya desde la misma conquista de Abya Yala (o América desde una nomenclatura eurocentrista), el poder español fue altamente inorgánico. Un poder confrontado entre sí, plagado de corrupción y matanzas entre los propios españoles, más preocupados por sus cuotas de poder y riqueza, que en expandir territorios para la Corona. Por caso citemos los enfrentamientos entre Pedro Arias de Ávila (llamado Pedrarias), con Vasco Núñez de Balboa durante la conquista de la actual Panamá, que se zanjó con la decapitación de éste en 1519 y también de cuatro de sus colaboradores más cercanos, acusados por Pedrarias de ser cómplices de Balboa. En la acusación y condena a muerte participaría Francisco Pizarro, que también terminaría asesinado dos décadas más tarde a manos de otros españoles partidarios de Almagro. De la misma manera, en lo que sería la conquista de México, Hernán Cortés desobedece las órdenes de su superior Diego Velázquez y pone rumbo a la actual Veracruz para conquistar territorios y obtener oro. Por ello es perseguido por Antonio de Narváez para capturarlo o darle muerte. Sin embargo, ante las promesas de riquezas, la ambición exacerba a muchos de los expedicionarios fieles a de Narváez, que traicionan a Velázquez y se pasan a las filas de Cortés, tomando partido por su causa en las fratricidas y encarnizadas luchas que siguieron.

La batalla de Ayacucho sirvió como una suerte de cápsula del tiempo en donde se exhibieron las mutuas contradicciones internas de ambos contendientes.

También la conquista del Imperio Inca en el Perú estuvo signada por enfrentamientos entre Diego de Almagro y el mencionado Pizarro con sus respectivas huestes. En este caso, el conflicto de intereses alcanza el estatus de una auténtica guerra civil entre las facciones españolas, siempre ávidas de las riquezas americanas. La ejecución de Diego de Almagro en 1538, estrangulado y luego decapitado en la Plaza Mayor de Cuzco, nos da una idea de los virulentos odios que se producían a la sombra de los botines y territorios del Nuevo Mundo entre soldados de una misma nación y con misiones semejantes. Imposible sería aquí narrar los sangrientos desacuerdos entre los conquistadores españoles. Algo que fue replicado tres siglos más tarde durante la emancipación americana, pues España seguía vertebrada por problemáticas afines, incluso similares a los tiempos de Cortés.

De la misma manera, del lado americano se produjeron traiciones, desacuerdos y alianzas con los enemigos que serán tristemente reiterados a lo largo de toda nuestra historia como naciones independientes. En este sentido, la batalla de Ayacucho sirvió como una suerte de cápsula del tiempo en donde se exhibieron las mutuas contradicciones internas de ambos contendientes.

En aquel 1824, cuando los ejércitos bolivarianos triunfaron en Ayacucho, en España se vivía una restauración borbónica tras la caída definitiva del Imperio Napoleónico en 1815. Fernando VII volvió al poder con grandes represiones, aboliendo todas las conquistas de la Constitución de Cádiz de 1812, puestas en prácticas en el llamado Trienio Liberal (1820-1823). La España progresista era –una vez más, tal como ahora– aplastada por las fuerzas históricamente reaccionarias: el clero, la monarquía y una aristocracia quietista y mohosa. La misma que con su anquilosamiento propició la pérdida del vasto pero altamente desorganizado imperio.

Este escenario peninsular tuvo hondas repercusiones en las guerras independentistas, sobre todo al comenzar 1824, cuando un militar reaccionario partidario del rey Fernando, Pedro Antonio Olañeta, sublevó en América a todo el ejército realista del Alto Perú contra el virrey José de la Serna, Conde de los Andes. El virrey altoperuano había sido nombrado por aquel gobierno liberal contrario a Fernando VII, y por tanto fue declarado enemigo por sus propios camaradas españoles tras conocerse la restauración borbónica y la caída del gobierno constitucional. En este contexto, las fuerzas realistas comenzaron a utilizar hombres y suministros para resolver la política doméstica y no para vencer a los independentistas americanos. Algo que resultó decisivo para el triunfo en Ayacucho.

Autores revisionistas estiman que el indómito estratega bolivariano, Antonio José de Sucre, pudo haber perdido el encuentro sin este factor desequilibrante dentro de las tropas realistas.

Por otra parte, la historiografía más conservadora europea niega u omite una cuestión basal en la interpretación de la batalla de Ayacucho: que las fuerzas españolas estaban integradas en su gran mayoría por tropas mestizas u originarias como quechuas y aymaras, entre otros grupos autóctonos, obligados a defender la causa colonial y a la misma opresión que padecían. Este dato fue especialmente determinante, pues el ya tambaleante poderío español fue minado desde dentro en la hora decisiva de la lucha, tal como sostiene el historiador peruano Luis Felipe Muro Arias en su obra de 1948, “La independencia americana vista por historiadores españoles del siglo XIX”.

Muchos soldados originarios desertaron en masa, o mataban a sus compañeros peninsulares en plena batalla, e incluso se pasaban al bando independentista durante refriega. Autores revisionistas estiman que el indómito estratega bolivariano, Antonio José de Sucre, pudo haber perdido el encuentro sin este factor desequilibrante dentro de las tropas realistas.

Sobre su magnífico mariscal escribiría Simón Bolívar un año después del triunfo: “La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana, y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta, y su ejecución divina. (…) Usted está llamado a los más altos destinos, y yo preveo que usted es el rival de mi gloria”.

Como una muestra más de ese oculto pathos político que influyó tanto a los españoles como a los americanos en la lucha por estas tierras, el mariscal Sucre fue asesinado en 1830, con apenas 35 años, por sus propios oponentes de la América de Sur ya liberada. La batalla de Ayacucho, fue, por tanto, un escenario que no se agotó en sí mismo, sino que debe verse como la representación gloriosa –pero también trágica– de otras batallas invisibles que aún hoy perduran y que hay que seguir batallando.

Viernes 15 de Diciembre de 2017