Historia: la Batalla de Cusco (Primera Parte)




Orlando Rincones

Historiador venezolano
para @CorreodelAlba


Leer "La Batalla de Cusco (Segunda Parte)"

Un año después de la muerte de Huayna Cápac, el 10 de marzo de 1526, tres aventureros españoles (dos de ellos analfabetos) firmaron ante el escribano Fernando de Castillo, un acuerdo que podría ser considerado como el acta de defunción del incario: El Pacto de Panamá.  En efecto, Francisco Pizarro, Diego de Almagro y el sacerdote Hernando de Luque (en representación de Gaspar Espinoza) hicieron refrendar un documento en el cual constituyen una compañía “firme y valedera para siempre jamás”, a fin de “descubrir y conquistar las tierras y provincias de los reinos llamados del Perú”, nos referimos a La Compañía de Levante, empresa que muchos, irónicamente, conocerían en Panamá como “La Compañía de Locos”. 

Los relatos traídos a Panamá por Pascual de Andagoya sobre la existencia de un lejano y rico territorio, al sur del Darién, retumbaban en la cabeza de los dos aventureros españoles. Luego de un primer viaje desastroso, en donde el hambre y la hostilidad de los aborígenes acabaron con varias decenas de expedicionarios (incluso Almagro  perdió un ojo en Las Piedras),  una segunda expedición, mejor preparada y organizada, con el concurso del experimentado navegante andaluz Bartolomé Ruiz, logró, desembarcar en territorios de Birú o Pirú (hoy Perú), el sueño de “El Dorado” parecía hacerse realidad.

Una disputa por la administración de Tomebamba, Importante centro político ubicado al norte del Incario, sería el detonante de una guerra de grandes proporciones entre quiteños y cusqueños.

Mientras esto ocurría en las costas del Perú, en la capital del Tahuantinsuyo    –Cusco- Huáscar asumía como nuevo Inca, en detrimento de su medio hermano, Atahuallpa, favorito del generalato quiteño, quien debió conformarse con gobernar “solamente” el extremo norte del incario. Por cinco años reinaría la paz en el vasto territorio de los Incas, sin embargo esa paz sería frágil como un vaso de cristal y pronto se rompería de la peor manera. Una disputa por la administración de Tomebamba, Importante centro político ubicado al norte del Incario, sería el detonante de una guerra de grandes proporciones entre quiteños y cusqueños, conflicto que resquebrajaría el imperio de manera irreconciliable.

Atahuallpa vs Huáscar: La Guerra Civil Inca

La ciudad de Tomebamba, construida en uno de los cacicazgos más importantes de la Confederación Cañari, estuvo subordinada a Quito hasta el gobierno de Huayna Cápac, pero, a partir de la súbita muerte del Sapa Inca, había tomado partido por  la causa de Huáscar. Durante el reinado de Pachacútec, su hijo y co gobernante, Túpac Inca Yupanqui, sometió duramente a los cañaris y extendió el Incario hasta Quito. Una vez sometidos todos los territorios de lo que es hoy Ecuador, los cañaris, en alianza con los quitos,  se rebelaron y fueron nuevamente sometidos por Túpac Yupanqui, esta vez al frente de un poderoso ejército de 250.000 hombres; ahora, ante la ausencia física del soberano mayor de los andes, afloraban viejos resentimientos hacia los Incas del sur quienes otrora los sometieran tan duramente. Atahualpa tuvo la astucia de utilizar para su provecho los sentimientos y resentimientos que afloraban de los pueblos subyugados desde la lejana llacta de Cusco, en especial obtuvo el favor de pastos, carangues y cayambes, masacrados algunas décadas atrás por los ejércitos de Huayna Cápac en Yaguarcocha.

Atahuallpa no aceptó bajo ningún pretexto la negativa de los cañaris a pagarle tributo, en consecuencia marchó con un contingente militar a someterlos, el resultado no pudo ser más desastroso para el preferido de Quito,  fue derrotado y hecho prisionero, sin embargo logró escapar y regresar a Quito para reunir un vigoroso ejército y marchar sobre ellos y el Cusco. Para ese entonces las intrigas y conspiraciones eran la obsesión del soberano Huáscar quien veía enemigos en todos y en todas partes, sospechas a las que no escapa el segundo hombre más fuerte del incario, el gobierno del Inca concebido por Mama Ragua se hacía cada vez más impopular.

El lance definitivo de la campaña se verificó en Quipaipán (al oeste de Cusco) en donde una hábil maniobra de los generales Quizquiz y Calcuchima encerró entre dos frentes a Huáscar y a sus hombres.

Secundado por los generales quiteños Quizquiz y Calcuchima, el avance de Atahualpa sobre la capital del Incario se hizo prácticamente indetenible, tomó venganza de los cañaris en Tomebamba y avanzó en busca de Huáscar. Sólo pudo ser parcialmente detenido frente a la isla de Puná, en cuyas costas se verificó la más grande batalla naval en tiempos del incario, acción que favoreció a los punaeños, quienes bajo la dirección del Cacique Tomala, derrotaron a los quiteños (tumbesinos mayoritariamente), llegando incluso a herir a Atahuallpa en una pierna (igual suerte correría el conquistador Hernando Pizarro unos años después) motivo por el cual este se retiró a Cajamarca, a recuperarse, mientras sus generales continuaban su indetenible avance sobre la capital de los Hijos del Sol. 

El lance definitivo de la campaña se verificó en Quipaipán (al oeste de Cusco) en donde una hábil maniobra de los generales Quizquiz y Calcuchima encerró entre dos frentes a Huáscar y a sus hombres. Los cuzqueños lucharon intensamente, durante casi todo un día, imponiéndose al final la mejor preparación de las veteranas tropas quiteñas. Una vez concluida la batalla un reducido y humillado Huáscar fue conducido a Cuzco en donde toda la familia real fue masacrada por los vencedores; acto seguido el propio soberano fue victimado en el paraje de Andamarca (Huamachuco). La Guerra Civil había concluido, el reino de los Hijos del Sol estaba en poder de Atahuallpa, más sin embargo la paz no llegaría al Tahuantinsuyo, enigmáticos hombres de grandes barbas habían desembarcado en Tumbes y el nuevo Inca lo sabía ya, lo que no llegó nunca a imaginar fue lo cerca que estaba su fin y el de su vasto imperio.

El fin del incario

Una mezcla de suerte y osadía acompañó siempre a Pizarro, si bien el conflicto entre los hermanos incas lo favoreció enormemente, su empresa de conquista pudo terminar prematuramente desde sus primeros y desafortunados viajes, pero su tozudez (o ambición) lo empujó siempre hacia adelante y la suerte le sonrió en su tercer viaje (1531). El aguerrido Cacique Tomala, quien con sus balseros había derrotado al propio Atahuallpa, recibió en Puná al conquistador y a sus 180 hombres con la mayor cordialidad, al punto de permitir ser bautizado por Fray Vicente Valverde con el nombre de Francisco Tomala. No obstante, esta no era una muestra de sumisión del bravo guerrero punaeño, era una estrategia para valerse de este nuevo y poderoso aliado en su lucha contra Atahuallpa. 

Lo que no previno el Cacique Tomala es que con el pasar del tiempo, mientras esperaban el arribo de refuerzos, la presencia de los españoles en la isla se haría insoportable: atropellos, saqueos y abusos de todo tipo contra la población caracterizaron la presencia hispana en Puná. Dos planes para aniquilar a los indeseables extranjeros fueron abortados, situación que aprovechó Pizarro para asaltar el palacio de Tomala, capturarlo y tomar el control de la isla, no sin antes trenzarse en un encarnizado combate con los lugareños  que se saldó favorablemente para los hispánicos gracias al  providencial  arribo de Soto.

El primer español que salió al ruedo fue el monje Fray Vicente de Valverde, el mismo que bautizara al Cacique Tomala, pretendiendo la adhesión del soberano de los andes a la fe cristiana.

Atahuallpa, conocedor de la presencia de los extraños visitantes en tierra firme se limitó a monitorear todos sus movimientos; entretanto Pizarro, en Piura, recibía información del  estado actual del reino (Ballivián, 1991). Enterado ya de la presencia del Inca en Cajamarca el conquistador y sus huestes fueron a su encuentro, la hospitalidad y el gran número de emisarios y representantes del Inca que iba recibiendo a lo largo de su camino eran una muestra inequívoca que Atahuallpa deseaba que llegara ante él, de no ser así  habría ordenado un ataque fulminante en cualquier ladera o sendero, lo que hubiera hecho inútil el empleo del arma más letal de los españoles, la caballería. La curiosidad del nuevo soberano Inca le costaría la vida.

El 16 de noviembre de 1532, a media tarde, el Sapa Inca entró en la plaza de Cajamarca acompañado de un séquito real de varios miles de personas, entre nobles y plebeyos, de estos apenas 200 eran guerreros subestimando tal vez el poder de los extranjeros. El primer español que salió al ruedo fue el monje Fray Vicente de Valverde, el mismo que bautizara al Cacique Tomala, pretendiendo la adhesión del soberano de los andes a la fe cristiana. Ante la negativa de Atahuallpa, o su incomprensión, el religioso español dio la señal de ataque, a  lo que sobrevino una carnicería de enormes proporciones. La caballería pizarrista causó pánico entre los quechuas quienes se desbandaron apresuradamente solo para morir descuartizados por el hierro de la espadas o acribillados por los arcabuceros españoles. Capturado Atahuallpa, toda la ciudad (que había sido vaciada para el importante encuentro) fue saqueada. 

En vano Atahuallpa ofreció una habitación llena de oro y dos de plata a cambio de su libertad, los impúdicos invasores aceptaron el ofrecimiento, pero una vez reunido el rescate, con aportes hechos desde todos los confines del incario, estos traicionaron su palabra y sometieron a “juicio”  a Atahuallpa, entre otras cosas por la muerte de su hermano Huáscar. Estaba claro que lo que se pretendía era legitimar la desaparición física del último Inca, ni siquiera la aceptación del bautismo por parte de este lo salvó del cadalso. El 26  de julio de 1533, luego de ocho meses de cautiverio, es ejecutado Atahuallpa, su muerte trajo las más diversas reacciones en el incario, algunos grupos se sublevaron al conocer la noticia y se mantuvieron en pie de lucha contra el invasor europeo, otros más bien, los acérrimos enemigos del preferido de Quito, se aliaron a los extranjeros para acabar con todos sus seguidores. Esto permitió que las filas de Pizarro se nutrieran con cañaris, tallanes, chachapoyas,  huancas y un sinfín de huascarista, alianzas que le serían de gran utilidad para frenar el pronto inicio de la larga y prolongada Guerra de Independencia Peruana.

Miercoles 08 de Noviembre de 2017